Me gustaría narrar un par de cosas curiosas que me pasaron hace unos días.
Salí yo tan tranquilo por la tarde de las clases en un día soleado y maravilloso propio de verano cuando a los diez minutos, ya en casa, recibí una llamada de mis queridos amigos proponiendo pasar aquel espléndido día haciendo una ruta en bici por caminos perdidos por el monte. Les advertí que debido a los 15 minutos (en bus) que me separan de ellos llegaría en una media hora si le sumamos también un trayecto que en mis mejores momentos de forma hago en 10 minutos (sin correr eh).
Así que en cuanto colgué empecé a prepararme para dicha hazaña. Al poco ya estaba camino de la parada de bus que sen encuentra cerca de mi casa (no todo iba a estar lejos). El caso es que como habitualmente a aquellas horas de la tarde la calle estaba desierta excepto por una mujer que esperaba, también, el bus. Apenas me había yo acomodado para esperar mi transporte cuando esta mujer me preguntó con un tono en su voz de estar cabreada con el mundo: – ¿Sabes a que hora pasa el bus?, mientras sostenía pegado a su oreja lo que parecía un móvil. Con mi apacible y tranquila forma de ser (excepto cuando me tocan muy mucho las pelotas) le respondí: “- ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” En realidad no le respondí eso pero habría molado. Le dije que no sabía exactamente, pero que en teoría pasan cada 15 minutos. Sin decir ni gracias ni pollas giró la cabeza y siguió hablando por el móvil. Realmente son cosas y maneras que a mi no me importan ya que si las recuerdo es solo para contarlas más tarde y reírme de ellas, cosa que os aconsejo.
Ponerle esta cara a la mujer de la historia para que mole más
Bien, allí pasé yo un buen rato esperando por el bus mientras escuchaba, inevitablemente, las rajadas al mundo que le contaba al otro interlocutor que estaba al otro lado de la llamada. Entre otras ,como no, que “llevaba una eternidad esperando por el bus”. A todo esto que llegó la acción que me hizo más amena la espera. Un coche (no recuerdo marca) cruzó el carril contrario (estando desierta la carretera) para parar en un hueco que había donde le pareció bien aparcar, cometiendo un grave error, ya que ese hueco estaba justo delante de la mujer aquella que le contaba todo lo que veía al que escuchaba. El caso es que el conductor calculó mal y con la rueda delantera izquierda tocó en el borde de la acera, indignando esto a la mujer-no-feliz, que no tardó en contárselo a la persona-escucha-mujeres-no-felices-por-móvil.
Salió un hombre joven del coche sin ser consciente de con quien se había topado. Empezaron ambos a ostias sin mediar palabra … bueno no, pero también habría molado. La mujer-no-feliz le echó en cara al joven que golpeara la acera acabando la frase con un “guapo” sarcástico que no entendí (pensé que en ese momento que la mujer-no-feliz tenía un dilema moral, porque debía cumplir con su deber y criticar a aquel joven con el don que María Patiño le había dado, pero a la vez creo que estaba atraída de forma sexual por su objetivo) y este, con prisa evidentemente esbozó una sonrisa pensando, el muy insensato, que era algún tipo de broma que le hacía la mujer-no-feliz. Mientras el joven cruzaba la calle, la tía (mujer-no-feliz por si os perdisteis), le echaba en cara que casi la atropellara con su vehículo de la muerte. El joven sin decir nada, ya no corría para cruzar rápido la carretera, ni porque tuviese prisa, ya era temor, estoy seguro que si lo viese de frente en ese momento, sus ojos estarían humedecidos y reflejarían terror. Se metió en la puerta de una casa cercana (y se fue a cambiar de muda), ya estaba a salvo.
A la mujer-no-feliz le daba igual que su víctima ya no le escuchara, seguía vociferando que aquel hombre casi la mata (y el mundo se vería muy afectado con su perdida). Poco a poco se fue apaciguando sin dejar de hablar por móvil, que digo yo, que debía ser algún tipo de promoción de Vodafone que quería exprimir al máximo o en realidad no estaba llamando a nadie y estaba hablando sola, es más igual el móvil estaba apagado para ahorrar batería (loca sí, ahora derrochadora de batería no).
La tía se sentó en el morro del coche de su víctima cual sillón de casa, como diciendo “¡Jódete!, por intentar matarme.”, que pensé que en una de estas se sacaba un palo de golf del bolso (porque las mujeres guardan de todo en sus bolsos) y empezaba a reventar las lunas del coche en plan “ejecuta” cabreado (guiño a Drama del séquito).
En algún momento de toda la espera, que se me hizo interminable por cierto, se cruzaron nuestras miradas pero ahí mostré yo mi habilidad de girar la cabeza a 200 km/h sobre su propio eje para evitar cualquier tipo de conversación, o algo mucho peor, una rajada por … qué se yo, porque tuviese un cordón desatado.
Tras ese incidente me surgió, esta vez a mi, un dilema de vida o muerte. ¿Qué debía hacer cuando llegase el bus? Para que entendais el por que de este dilema, tengo que deciros que la mujer-no-feliz estaba a mi izquierda a unos metros prudenciales, por donde llegaría el bus, que cuando parase quedaría más cerca de mi que de ella. Lo lógico tras lo que pasó sería que la dejase pasar primero (además recordemos que ella estaba esperando de antes), pero como me gustan las emociones fuertes…
Llegó el bus y como calculé, la puerta se abrió justo delante mía, vi desde fuera que el bus tenía muchos asientos libres, así que cerré los ojos (metafóricamente, si no me habría escoñado con el primer escalón) y recé, aún considerándome ateo, para que la mujer-no-feliz no se quisiera sentar precisamente en el asiento que yo escogiese y fuese objeto de sus ostias verbales. Tuve suerte, me perdonó la vida. Ahora ya estaba a salvo…
BONUS TRACK
Ya al llegar a la Plaza de Galicia (última parada de la linea Marín-Pontevedra) comencé el tramo de 10 minutos que mencioné al comienzo del post. Y en unos jardines que están al lado, repletos de niños jugando y pasándoselo bien, vi una escena que se me quedará por mucho tiempo, la vi de forma fugaz, de refilón, pero mi cerebro no asimiló bien la escena y tardé en reacciónar.
Un niño con una expresión resultado de la suma de vergüenza y tristeza tenía en sus pantalones una mancha propia de haberse orinado encima, nada de que preocuparse, todos fuimos niños, no me iba a burlar de él gratuitamente, no va conmigo eso de burlarme de desconocidos, además ya estaba sufriendo él solo por lo que mostraba su cara. Pero lo que me bloqueó y lo que me creó una duda existencial que aún no pude resolver (y creo que moriré si resolver, ni esa duda ni la de qué es la vida), fue que el niño sostenía una correa de lo que entiendo era su perro, que se movía inquieto muy cerca del niño. Y la duda es: esa mancha en los pantalones del niño, ¿era de orina de él o del perro que le meó encima?